Si aburrirte no quieres, danzar feliz debes


   Sobre la superficie parece un día cualquiera, un día más para vivir en automático, ¡tan predecible!, como un constante déjà vu que se repite y se repite sobre las mismas polvorientas calles, mototaxis, y viejos buses llenos de la misma gente de conocido semblante sombrío.

   Las personas van y vienen presurosas, pero, ¿adónde irán?, ¿adónde vamos?

   Vivir mucho tiempo dentro de la propia mente no es bueno. Crear mundos imaginarios como refugio, en donde la emoción a flor de piel, y la creencia de que la vida es color de rosa, y ositos de gominola, es motivador... pero esta mundana realidad, ¡siempre me descoloca!

   ¿Es acaso la vida sólo una breve e insípida rutina?, ¿adónde fue a parar nuestro asombro por esta misteriosa existencia?

   Quizá por eso me gustan tanto los viajes largos de bajo presupuesto, ellos revitalizan mi alicaído espíritu, y me permiten alejarme un poco de la "civilización" y sus cuadriculadas normas, conectándome a algo más grande, casi divino, más allá de cualquier importada religión. 

   Viajar me hace sentir que estoy de paso, sentir que no tengo arraigo a un único pedazo de tierra, pues es el planeta entero nuestro hogar, ¿no?

   Pero qué puedo hacer cuando no puedo viajar por un largo periodo de tiempo, ¿enloquecer?, ¿deprimirme?, ¿componer canciones?, o ¿aceptar la realidad y alinearme con lo que se considera "normal"?

   Es en esos momentos cuando recuerdo las palabras del señor Guillermo Reaño, casi como una voz reverberando en mi cabeza, al estilo Obi-Wan Kenobi, diciéndome: "No es necesario irse lejos para sentirse un forastero explorador, Luke... perdón, ¡Marco!, basta mirar con nuevos ojos tu alrededor, hasta un paseo por tu barrio se puede convertir en un emocionante viaje".


Shacshas de Upacá
Shacshas. Una buena forma de romper la rutina, ¡danzando!

    Fue así que cual obediente jedi, decidí probar este nuevo enfoque, era claro que debía de salir al exterior, e ir aunque sea a la esquina, porque encerrado entre cuatro paredes frente a la computadora escribiendo artículos para otros, no iba a descubrir nada motivador, pues la vida se desarrolla ¡allá afuera!

   Upacá era el lugar perfecto para poner a prueba las palabras del señor Reaño, ya que no es un lugar turístico, ni poseedor de una belleza paisajística impresionante. Además ya había recorrido sus contadas casas rodeadas de ondulantes cañaverales muchas veces.

   Debo de mencionar que mi vínculo con Upacá lleva forjándose hace sólo un par de años, por obra y gracia de Christian, el esposo de mi hermana. Él creció allí, y tal vez sin este nuevo vínculo familiar, Upacá hubiese pasado desapercibido para mí, porque no soy muy devoto de los pueblos y paisajes de esta costa peruana y de sus áridas estribaciones andinas.

   Conocía ya el ambiente sosegado y monótono de Upacá, que poco ha cambiado a través de los años, según me cuenta mi papá, que frecuentaba esta zona a mediados de la década de los setenta del siglo pasado, cuando trabajaba en la extinta Sociedad Paramonga.

   La única explicación que yo encuentro para esta especie de alteración del espacio-tiempo, es el casi nulo crecimiento demográfico. La mayoría de los upaquinos migran a otras ciudades donde encuentran mejores oportunidades para desarrollarse.

   Además, ¿cómo expandir el pueblo si todas las tierras son propiedad de una poderosa empresa azucarera?, literalmente los distritos de Paramonga y Pativilca les pertenecen, es como si hubiésemos vuelto a los años previos a la Reforma Agraria.

Banda de músicos en Upacá
Poniéndole música al entorno

   Pero el upaquino en, o lejos de Upacá, no es ajeno a este sentimiento de hartazgo rutinario que hoy compartimos, esto es algo propio de la vida sedentaria, se viva en el campo o en la ciudad, sea en Perú o en Francia. Nuestra inacabable búsqueda para dale un sentido a la... ¿cómo llamarle? ¿vida? ¿la matrix? ¿existencia, breve sueño, alucinación?, es constante.

Conectando con lo místico ¡moviéndose al son! 

   En Upacá, el "método" de ver con nuevos ojos lo cotidiano no me generó ningún efecto positivo, pero una actividad bastante común en cualquier festividad, sí que dio nuevos aires al ambiente, me refiero a: ¡la danza!

   Había llegado justo en plena festividad en honor a un santo cristiano, actividad que poco o nada me interesaba ver, viéndolo desde el lado cristiano. Sin embargo, lo interesante de estas festividades religiosas es notar su notorio sincretismo, pues a pesar de la forzosa conversión de los antiguos peruanos al catolicismo por parte de los conquistadores españoles, las creencias panteístas y politeístas andinas aún persisten, camufladas entre las cruces y los dioses judíos.

   Sólo hace falta estar presente unos minutos ante la frenética y rítmica danza de los Shacshas, para sentir una energía completamente distinta, una energía ancestral y rebelde diría yo, y aunque los danzantes ofrecen sus movimientos al santo, los orígenes y sonidos del tambor y la flauta pagana de los shacshas, se remontan a épocas prehispánicas.

   Es fácil ver las incompatibles diferencias en estas festividades, por un lado se tiene el evento cristiano, caracterizado por su parsimonia y aires de "santidad", y al otro lado los desenfrenados latigazos, gritos, saltos y consumo de cerveza por parte de los shacshas.


Upacá (Pativilca) y los shacshas en acción
   
   Debo confesar que disfruté en demasía la atmósfera de los shacshas, tanto, que no sería mala idea unirme a su cuadrilla alguna vez si se presentase la oportunidad, pues conscientes o no, estos danzantes tienen el poder de hipnotizarnos, llevándonos hacia otros mundos.

   Además, ellos me hicieron querer ir a una huaca, o ir a la cima de un venerado Apu, para fortalecer este fuerte vínculo entre los seres humanos y la siempre equilibrada naturaleza,  y es que observando en lo profundo, es imposible ver rutina.


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