Extraña sonrisa bajo la mascarilla


Salir a la calle se ha convertido en estos tiempos en una actividad de alto riesgo. Y mis despreocupadas caminatas de antaño hoy son raudas salidas semanales en las que evito todo contacto humano. Más aún en mi pequeña ciudad en la que abundan las aglomeraciones a pesar del peligro que representan.

Han pasado ya casi 5 meses desde el inicio de la pandemia, y a pesar de la zozobra que aún se respira, la sonrisa ha encontrado la forma de colarse por la mascarilla y posarse directamente sobre mi alicaído rostro. No sé porqué ocurre, pero va unida a una sensación de asombro, y un ligero y súbito ataque de risa contenida.

Vamos. Es que es difícil creer lo que estamos viviendo y viendo. Quién diría que este 2020, cargado de tantos proyectos e ilusiones, se fuese a convertir en un año casi perdido, y lleno de extraños seres pululando por las calles cubiertos con las más graciosas mascarillas, gafas, y protectores faciales. 

Yo he fabricado mis propias mascarillas con botellas de gaseosa, casi en son de broma, pues estaba convencido que este bicho iba a durar como mucho, un mes. Sin embargo, cuando la situación se puso seria y tocó usarla, pasé de sentir vergüenza a andar de lo más normal. Hasta le he agarrado el gusto a esto. 

Así es. Ya no me siento un loco neurótico con un pedazo de botella en el rostro, ahora siento que soy Darth Vader.

En estos tiempos es raro ver una sonrisa, primero porque están ocultas, y segundo porque el número de contagios y muertes en mi provincia (Barranca) recién están en ascenso descontrolado. Hoy la gente anda con un poco de temor, pues nadie se salva de enfermar o peor aún, morir. Ni siquiera usando artilugios caseros de doble o triple filtro que apenas dejan respirar.

Por fortuna, la salud física aún me sigue acompañando, aunque con un aderezo un tanto amargo de incertidumbre por el: "¿qué pasará?". Preocupación que llevo cargando desde marzo, y como conté en la anterior entrada, hace que sea más difícil combatir el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) que llevo padeciendo desde mediados del 2019.

Ya todos sabemos que la cuarentena, que finalizó oficialmente ayer, y el distanciamiento social, fueron cumplidos a medias. Muchos por necesidad tuvieron que salir a las calles para ganarse el sustento diario, pero otros tantos se pasaron las normas por donde no les da el sol sólo por necedad.

Sin cuarentena, y con la reapertura de muchos negocios y el transporte urbano e interprovincial, sumado a los hospitales colapsados y a la desorganización del país, pues, el futuro no se ve muy alentador desde mi punto de vista. Me hace falta algo de optimismo, lo sé.

Sé que poseemos un sistema económico complejo, y que sin éste tendríamos más problemas que con el coronavirus, pero es obvio que para esta reapertura se está considerando un lamentable costo humano, es decir, se espera que con la reapertura, se presenten algunos miles, o tal vez, decenas de miles de decesos más.

No seamos parte de esas frías estadísticas, estimado lector. Esta es la peor etapa de la pandemia, porque muchos bajaremos la guardia. Este desastre aún no termina y no sabemos hacia dónde nos llevará. Mientras tanto, toca ir al trabajo o hacer las compras con extremo cuidado. Siempre no nuestras mascarillas, protectores, gafas y todo lo que haga falta, sin olvidar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Nos vemos en unos meses, espero que con mejores noticias. 😊

Y que la salud te acompañe.

covid 19




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