Comer para viajar o ¿viajar para ayunar?

Contra gula, templanza, y contra templanza, pollo

Despegar las posaderas del asiento del bus, luego de un viaje de casi diez horas es tan doloroso que me hace desear inventar la teletransportación. Y si a eso se suma una ligera taquicardia y un molesto dolor de cabeza, pues... no estoy hecho para los viajes.

Pero, mi corazón y mi cabeza están bien. El malestar es producto del lugar al que llegué, en donde el cielo azul y los imponentes nevados deslumbran mis costeños ojos, y me hacen recordar que una aventura a más de tres mil metros de altura ha iniciado.

Estar en los dominios de la Cordillera Blanca me provoca sensaciones que son difíciles de describir. Es como una mezcla entre el nerviosismo fruto de la incertidumbre, y el estimulante y gélido aire de las montañas andinas, ése que ingresa por la nariz "congelando" y secando todo a su paso con cada acelerada inspiración.

Tomar mi pesada mochila, buscar un modesto hospedaje, y averiguar los lugares de interés son los pasos a seguir en mi rutina viajera, ya que no suelo tener un plan definido con anticipación.

Y a pesar de mi improvisación, los percances en mis largos viajes suelen ser escasos, pues con el tiempo he aprendido a lidiar, con relativo éxito, cualquier desafío que se presente en el camino; sea en la costa, la sierra o la selva. Aunque hay un aspecto de vital importancia que aún hoy me genera algunos problemas.

Guitarra Viajera escrupulosa

Estoy casi convencido de ser el hombre más escrupuloso sobre la faz de la Tierra. La razón: mi mala costumbre de comer literalmente como pajarito en cada restaurante y mercado al que voy. En especial de los de bajo costo, que son mis principales proveedores de alimentos durante los viajes.

Es que pierdo el apetito si la comida se aleja demasiado de mi principal referencia gastronómica, la comida hecha por mi santa madre. Mi paladar está tan acostumbrado a su sazón, que hasta el mejor plato de un restaurante "cinco tenedores" puede parecer comida de perro al lado del sencillo y delicioso seco de carne con frejoles preparado en la vetusta olla de mi progenitora.

Sé que la percepción del sabor es algo subjetivo, algo agradable para mí puede ser vomitivo para ti y viceversa, exceptuando, claro está, aquel restaurante cerca a mi casa en San Miguel, en el que cocinan tan mal que no me sorprendería ver gallinazos (buitre americano) sobrevolando su local alguna vez.

También me basta un pequeño detalle, como una mesa sucia, una manchita microscópica sobre el vaso, o un saborcillo exótico para que el hambre voraz de mochilero náufrago de paso a unas arcadas propias de una mujer en los primeros meses de embarazo.
  
Una habilidad imprescindible

Por fortuna, para esos contratiempos tengo un plan de contingencia: hospedarme en un hostel (hospedaje para mochileros) con cocina incluida, y al estilo MacGyver, elaborar con una simple papa, una dramática cebolla, un picoso ají limo y dos huevos de gallina negra, una tortilla digna de ser devorada con culposo placer. 

Aunque no siempre fue así.

Aprendí a cocinar cuando me mudé a la ciudad de Lima para estudair en la universidad. Y con mi madre a 200 km de distancia, tenía 2 opciones: comer fuera o prepararme mi comida. La primera opción ni la pensé, pues, si ahora soy bastante especial con la comida, en el pasado fue peor.

Aún recuerdo mi primer experimento culinario (lentejas con arroz y saltado de pollo), y aunque no salió muy bien, éste tenía un sabor especial para mí: el sabor de la satisfacción.

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces, tanto, que hoy puedo afirmar con la seguridad de Gastón Acurio, que mis habilidades culinarias son tan aceptables, que puedo ofrecer a mis ocasionales comensales viajeros una agradable experiencia gastronómica. 

Pero, hay un pequeño detalle a considerar, hospedarme en un hostel con una cocina a libre disposición no siempre es posible.

Conseguir comida en el Perú

Conseguir comida barata mientras viajas por meses por el Perú es muy fácil, y a pesar de mi naturaleza quisquillosa, he encontrado muchos lugares donde he almorzado placenteramente, y a un precio que se te cae la mandíbula. 

No es de extrañar, ya que el Perú es hoy, un país reconocido no sólo por Machu Picchu y los Incas, sino también por su variada gastronomía que va ganando notoriedad a nivel mundial.

Y esta variedad gastronómica existe gracias a la abundante y prodigiosa diversidad vegetal que hay en el país. Por ejemplo, ¿sabías que en el Perú existen alrededor de 3 mil variedades de papa nativa?, ¡uf! increíble ¿no?, y muchos de nosotros apenas si conocemos 3 variedades.

Por cierto, hace poco me enteré que en los supermercados peruanos se venden papas congeladas importadas de Europa.

¿Papa importada?, ¡qué carajo!, ¿no me crees?, ve el siguiente video y oye lo que este carismático francés tiene que decir. Yo también estoy sorprendido.

Chef Timour, un francés aperuanado

¿Pollo a la brasa o chifa?, ¡tú eliges!

Como es costumbre en el Perú, el desayuno y el almuerzo son las principales comidas del día, y en mis viajes no tengo muchos problemas para encontrar un buen lugar donde saciar el hambre bajo el sol.

Por ejemplo, por la mañana puedo comer un tamal con pan y café, y por la tarde puedo elegir un contundente seco de carne con frejoles. Por cierto, éste es un plato muy común en casi todos los restaurantes populares, que por un módico precio lo ofrecen acompañado de una entrada, que puede ser ensalada, papa a la huancaína, ocopa, papa rellena, causa rellena, etc., o una suculenta sopa.

Pero, al caer el sol, alimentarse se hace un poco más complicado, o eso es lo que yo percibí durante un largo viaje que realicé junto a una viajera que tenía una peculiar rutina alimenticia.

Esta viajera es un ser nocturno, sólo le bastaba un ligero y frugal desayuno y una contundente cena por la noche para subsistir. Yo en mis viajes hago lo contrario, no acostumbro cenar, apenas tomo un café, o un emoliente y ¡a dormir!, y en mi etapa sedentaria es igual. Sólo en raras ocasiones ceno afuera, normalmente en fechas especiales.

Fue duro seguir el ritmo de esta viajera, que también fue mi pareja. Lo peor fue no encontrar variedad de comida a esas horas, ya que por la noche, la mayoría de los restaurantes abiertos son pollerías y chifas (comida china). 

Por cierto, por si no eres peruano. Las pollerías son restaurantes donde básicamente ofrecen pollo a la brasa, un emblemático y exquisito plato muy popular en el Perú.

Se dice que nosotros los peruanos consumimos más pollo a la brasa que cualquier otra cosa, incluso más que el ceviche, otro plato bandera. ¡Yo les creo!, ¡vamos!, sólo hace falta caminar por las calles y ver la cantidad casi infinita de pollerías que existen en el Perú, no importa dónde estés, costa, sierra o selva, siempre habrá un jugoso pollito a la brasa con papas fritas esperando ser devorado.

El salvador pan serrano

Comer pollo a la brasa cada noche por varios meses no es saludable, además de ser un poco caro para el presupuesto de un mochilero hippie. Un cuarto de pollo con ensalada y papas fritas puede costar en una pollería aceptable unos 10 soles en promedio, en contraste, un menú con entrada o sopa, más el plato de fondo en un restaurante diurno puede llegar a costar sólo 7 soles, y viene con refresco.

Es ahí cuando el salvador pan serrano entró en escena. Esa deliciosa masa horneada de harina y levadura capaz de saciar el hambre de cualquier famélico mochilero. El pan de la sierra artesanal no es cualquier pan, tiene algo especial que lo hace adictivo, mucho más que el insípido pan blanco de Lima.

Es en las calles y mercados de los pequeños pueblos enclavados en los andes ancashinos, en donde se manifiesta esta misteriosa magia panadera, que yo he llamado: el encantamiento de los panes de las montañas nevadas.

Para hallar este encantamiento es necesario recorrer cada calle del pueblo o adentrarse en los mercados, lugar donde los colores y olores se combinan extrañamente. Sólo hay que seguir las pistas: venta de queso fresco y manjar blanco, si aparecen, se está cerca.

Reconoceremos el encantamiento porque éste tiene forma de desgastada cesta de caña, recipiente en el que reposan los mágicos panes de la sierra envueltos en plástico azul o papel tipo cartón.

Yo no sé qué hacen aquellas ensombreradas señoras para elaborar este pan tan adictivo, pero es la mejor forma que yo tengo para calmar el hambre entrada la noche, y así evitar que me salgan plumas por tanto pollo a la brasa. 

Es la mejor forma de terminar un agotador día, creo yo. Comiendo un pan serrano y contemplando a la gente pasar en la plaza principal del pueblo, mientras el viento seco y helado congela mi interior con cada agitada inspiración.

Inspiración que luego se convierte en un emocional suspiro. ❤

Pan serrano ¡delicioso!
El pan (Foto de José Antonio)


PD: Esta entrada fue creada por culpa del blog Caracol Viajero y sus recetas de cocina del mundo, dale una ojeada a esos sensuales manjares, ¡ay papay!


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2 comentarios:

  1. Que buen post,muy completo además del pan siempre será una opción tus galletas con su atuncito para no morir de hambre.

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    1. Así es, aunque el atún es caro, desmenuzado de caballa china con galletitas de soda no más, una buena fuente de proteína en tiempos de mochila. 😃

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