Comer para viajar o ¿viajar para ayunar?

Contra gula, templanza, y contra templaza, pollo

   Viajar por varias horas sentado en un bus es agotador, y muchas veces un suplicio si la compañía a bordo es desagradable. Por eso no hay mejor momento que llegar a destino y bajar a tierra firme para estirar las piernas. Sin embargo, no todas las llegadas son iguales, a veces he sentido una breve taquicardia y un ligero dolor de cabeza.

   Pero no es motivo de alarma, sólo necesito mirar alrededor y observar el encendido cielo azul en comunión con los imponentes nevados en el horizonte, para recordar que una aventura a más de tres mil metros de altura ha iniciado.

   Estar a merced de la Cordillera Blanca provoca sensaciones que son difíciles de describir. Es como una mezcla entre emociones propias del viaje, la falta de oxígeno y el estimulante airecillo frío de las montañas andinas, ése que ingresa por la nariz "congelando" y secando todo a su paso con cada acelerada inspiración.

   Tomar la pesada mochila, buscar un modesto hospedaje en las cercanías, y averiguar lugares de interés en la ciudad o pueblo, es mi acostumbrada rutina viajera, ya que no es frecuente tener un plan definido con anticipación.

   Aún con mi improvisación, los percances en los viajes suelen ser escasos, pues he aprendido con el tiempo a lidiar con relativo éxito cualquier desafío que se presente en el camino, sea en la costa, la sierra o la selva, sin embargo, hay un aspecto de vital importancia que aún hoy me genera algunos problemas.

¡Y olvidamos el sabor del pan!

   Sabes estimado lector, estoy casi convencido de ser el más quisquilloso ser humano sobre la faz de la Tierra, y ¿por qué?, pues por mi mala costumbre de comer literalmente como pajarito, por dudar de la higiene de cada restaurante y mercado al que voy, y en especial de los de bajo costo, que son mis principales proveedores de alimentos durante los viajes.

   Con respecto al sabor de la comida, mi principal referencia es la de mi casa, la hecha por mi mismísima madre. Mi paladar está tan acostumbrado a su sazón, que hasta el mejor plato de un restaurante "cinco tenedores" puede parecer comida de perro al lado de un sencillo y delicioso Seco de Carne con Frejoles, preparado en la vetusta olla de mi amorosa progenitora.

   Quizá la comida deliciosa o fea sólo sea una subjetiva percepción, algo agradable para mí puede ser vomitivo para ti y viceversa, exceptuando, claro está, aquel restaurante cerca a mi casa en San Miguel, en el que cocinan tan mal que no me sorprendería ver gallinazos (buitre americano) sobrevolando su local alguna vez.

  Pero no importa el tipo de restaurante, me basta un pequeño detalle, como una mesa sucia, una manchita sobre el vaso, o un saborcillo extraño en la comida, según mis estándares, para que mi voraz apetito de mochilero náufrago y salvaje, de paso al asco propio de una mujer en los primeros meses de embarazo.

alimentacion durante un viaje

Una habilidad imprescindible

   Por fortuna para esos contratiempos existe un plan de contingencia: hospedarme en un hostel (hospedaje para mochileros) con cocina, y al estilo MacGyver elaborar con una simple papa, una olorosa cebolla, un picoso ají limo y dos huevos de gallina negra, una tortilla digna de ser devorada con culposo placer. Aunque no siempre fue así.

   Todo cambió en mi etapa universitaria, hace muchos años atrás, cuando en mi afán de aprobar aunque sea un curso del ciclo, decidí aprender a cocinar, una habilidad que tuve que aprender por necesidad, porque ya no vivía en casa junto a mis padres, y también porque cocinar era mucho más barato que comer la terrible comida de la universidad.

   Al inicio, mis primeros experimentos culinarios no salieron tan bien, pero igual me los comía, ya que éstos tenían un sabor especial para mí, era el sabor de la satisfacción por haber logrado tal hazaña. ¿Quemar el agua yo?, ¡puf!, ¡eso quedó en el pasado!

   Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces, tanto, que hoy puedo afirmar con la seguridad de Gastón Acurio, que mis habilidades culinarias son tan aceptables, que puedo ofrecer a mis ocasionales comensales viajeros, una experiencia gastronómica feliz. Aunque hay un pequeño detalle a considerar, hospedarme en hostels con una cocina a libre disposición no siempre es posible.

Imposible no comer rico en Perú

   Conseguir comida barata mientras viajas por el Perú es muy fácil, y a pesar de mi naturaleza quisquillosa, he encontrado buenos lugares donde he almorzado placenteramente, y a un precio que te caes de espalda del asombro, y no es de extrañar, ya que el Perú es hoy, no sólo un país reconocido por Machu Picchu y los Incas, sino también por su variada gastronomía, muy reputada a nivel mundial.

   Y esta variedad de platos existen gracias a la abundancia y prodigiosa diversidad vegetal en el país, sumado a la creatividad innata del poblador peruano. Por ejemplo, ¿sabías que en el Perú existen alrededor de 5 mil variedades de papa (patata) nativa?, ¡uf! increíble ¿no?, y muchos de nosotros apenas si conocemos 3 variedades, y otros hasta compran papa importada de Europa.

   ¿Importada?, ¡qué carajo!, ¿no me crees?, ve el siguiente video y ve lo que este carismático francés tiene que decir. Yo también estoy sorprendido.


Chef Timour, un francés aperuanado

¿Pollo a la brasa o chifa?, ¡tú eliges!

   Como es costumbre aquí en el Perú, el desayuno y el almuerzo son las principales comidas del día, y en mis viajes no tengo muchos problemas para encontrar un buen lugar para atragantarme de comida. 

   Una elección obvia por la tarde es el seco de carne con frejoles que mencioné líneas arriba, éste es un plato muy común en casi todos los restaurantes populares, que por un módico precio lo ofrecen acompañado de una entrada (ensalada, papa a la huancaína, ocopa, papa rellena, causa rellena, etc) o una suculenta sopa.

   Pero al caer el sol, alimentarse se hace un poco más complicado, o eso es lo que percibí durante un viaje que realicé junto a mi adorable compañera, que tenía una peculiar rutina alimenticia.

   Mi compañera es un ser nocturno, le bastaba un ligero desayuno durante las horas de luz y una contundente cena por la noche para subsistir. Yo en mis viajes no acostumbro cenar, apenas si tomo un café, pan con palta y ¡a dormir!, y en mi etapa sedentaria es igual. Sólo en raras ocasiones ceno afuera, normalmente en fechas especiales. 

   Fue duro seguir el ritmo de mi compañera, sin embargo, lo peor fue no encontrar variedad de comida a esas horas, ya que por la noche la mayoría de los restaurantes abiertos son pollerías y chifas (comida china). Por si no eres peruano(a), las pollerías son restaurantes donde básicamente ofrecen pollo a la brasa, un emblemático y exquisito plato peruano.

   Se dice que nosotros los peruanos consumimos más pollo a la brasa que cualquier otra cosa, incluso más que el ceviche, otro plato de bandera, ¡yo les creo!, ¡vamos!, sólo hace falta caminar por las calles y ver la cantidad casi infinita de pollerías que existen en el Perú, no importa dónde estés, costa, sierra o selva, siempre habrá un jugoso pollito con papas fritas esperando por ti, y por mí.

El salvador pan serrano

   El pollo a la brasa no es muy amigo del presupuesto limitado de un mochilero hippie. Un cuarto de pollo con ensalada y papas puede costar en una pollería aceptable unos 10 soles en promedio, en contraste, un menú con entrada o sopa, más el plato de fondo en un restaurante diurno puede llegar a costar sólo 5 soles, y viene con refresco.

   También debemos de tener en cuenta el hartazgo que puede generar el comer pollo a la brasa cada noche durante un viaje de varios meses.

   Es ahí cuando el salvador pan entra en escena, esa masa horneada de harina y levadura capaz de saciar temporalmente el hambre de cualquier famélico mochilero, pero no cualquier pan posee esa deliciosa bondad, atiborrarse del insípido pan de Lima por ejemplo, sólo me causaría un viaje directo al baño.

   Es en las calles de los pequeños pueblos enclavados en los andes, en donde se manifiesta una misteriosa magia, que yo he llamado, el encantamiento de los panes de las montañas nevadas.

   Para hallar este encantamiento es necesario adentrarse en las profundidades de los mercados del los pueblos, allá donde los colores y olores se combinan extrañamente, y no te sobresaltes si ves de repente una cabeza de cerdo cercenada, tú sólo sigue las pistas, venta de queso fresco y manjar blanco, si las ves, estás cerca.

   Reconocerás el encantamiento porque éste tiene forma de cesta de caña, lugar donde reposan los mágicos panes de la sierra, ¡son tan ricos caray!

   Yo no sé qué hacen aquellas ensombreradas señoras para elaborar este pan tan adictivo, pero es la mejor forma que yo tengo para calmar el hambre entrada la noche, mientras disfruto del crepúsculo sobre las montañas nevadas de la Cordillera Blanca, desde donde el viento seco y helado sopla "congelando" mi interior con cada agitada inspiración.

   Inspiración que a veces se convierte en un emocional suspiro. ❤



PD: Esta entrada fue creada por culpa del blog Caracol Viajero y sus recetas de cocina del mundo, dale una ojeada a esos sensuales manjares, ¡ay papay!



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2 comentarios:

  1. Que buen post,muy completo además del pan siempre será una opción tus galletas con su atuncito para no morir de hambre.

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    1. Así es, aunque el atún es caro, desmenuzado de caballa china con galletitas de soda no más, una buena fuente de proteína en tiempos de mochila. 😃

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