La maldición de la cremallera


   Dentro del citadino bus no cabía ni un alma más, nada extraño, era la llamada hora punta matutina, un lapso de tiempo en el que las capacidades circenses parecen aflorar en todos los limeños, ya que no se puede sobrevivir en esas latas con ruedas sin poseer dotes de experimentado contorsionista.

   Era mi primer año en Lima, y mi diaria "rutina circense" constaba de un mañanero recorrido desde mi casa hacia la universidad, y de la universidad hacia mi casa por la tarde, yendo por la transitada avenida Universitaria. No era un extenso viaje, mi "función" apenas duraba 20 minutos, aún en el peor de los embotellamientos.

   La ciudad capital no parecía ser el terrible monstruo de asfalto y cemento que imaginé en mis tiempos escolares. Lima era diferente a mi pueblo, eso sí. Muchísima más gente, más ruidosa, más agitada, y con algo de polución, pero habitable después de todo.

   Fue en esa etapa de mi vida que la maldición de la cremallera cayó sobre mí...

   Lo recuerdo muy bien. Todo empezó en la clase de laboratorio de física I, es decir, unas 3 horas en las que nos divertíamos haciendo mediciones de pequeños objetos en movimiento, bolitas, pesas en planos inclinados, con y sin fricción, etc. Para mí era como un juego de niños.

   Lamentablemente el estado del laboratorio de la facultad de ciencias físicas en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la "Decana de América", no era el mejor. Equipos viejos, falta de instrumentos, y mucha improvisación. 

   Pero no importaba cuanto me divirtiera, cuando llegaba el tiempo de los cálculos, las fórmulas matemáticas y las preguntas del profesor, yo palidecía, siempre tratando de aparentar calma y control frente a las 2 únicas mujeres de la facultad. Una de ellas curiosamente me observaba con una frecuencia inusitada aquel día, "¿estaré tan guapo?"

   Yo no suelo hablar con las mujeres por iniciativa propia, padecí y padezco aún de timidez extrema frente a ellas. Tan fuerte es esta tara, que no hice nada, aún cuando mi compañera de clase me mostró una adorable sonrisa en una de sus fugaces miradas.


La maldición de la cremallera

   El día se puso más extraño esa tarde dentro del bus de regreso a casa. Las 4 de la tarde solía ser una hora más relajada, el bus no se llenaba tanto, y siempre estaban libres los asientos de la parte posterior, que forman una fila de 5. Yo elegía siempre el del medio, para poder salir fácilmente sin tener que pedir permiso al ocasional "vecino, poniéndole el culo en el rostro.

   Lo extraño esa tarde fueron la sonrisas. Sonrisas de chicas y chicos que subían al bus. Sonrisas que eran causadas por mí, eso era claro. Al inicio creí que súbitamente era poseedor de un escandaloso magnetismo animal, quizá fruto de la bendición de los dioses, pero parecía demasiado, ¡demasiado irreal!

   Fue agradable hasta cierto momento, pero después me comenzó a incomodar, "¿tendré algo en la cara?, ¿tengo apariencia de payaso?"

   No pude descifrar el misterio al llegar a casa, estaba completamente confundido, pero mientras pasaban los minutos, la experiencia fue desapareciendo de mi cabeza, cuando de pronto, al sentarme sobre mi sillón lo descubrí, tenía abierta la cremallera del pantalón, abierta totalmente, mostrando todo el interior. Reí de vergüenza.

   Misteriosamente, desde aquel día, casi la totalidad de mis pantalones y pantalones cortos tiene la cremallera malograda, aún si son nuevos, tuve que poner un alto a esta situación usando un aro de llavero para unir el deslizador al botón.

   Ahora te preguntarás estimado lector: ¿tanto escándalo por una cremallera abierta?, olvidé mencionar un detalle de aquel día en mis años mozos. Sabes, en el apuro de un típico estudiante universitario, olvidé colocarme, sí, los calzoncillos. ¡Ola k ase!


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Este blog, nació para contar historias, sean de viajes o no, sean reflexivas o historias tontas.
Este es el único espacio que tengo para de alguna manera practicar mi vulgar narrativa que quizá, en algún momento, te hagan pasar un buen rato.
Gracias por estar ahí. 😊


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2 comentarios:

  1. jaajajaa noooo los calzoncillos nooooo 😂😂😂😂

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    1. ¡Imagina!, estaba tan avergonzado que al día siguiente oí la clase desde el asiento del fondo del aula. :D

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