De Paramonga a Lima - Parte I


   Dormir, un culposo placer que casi es considerado una pérdida de tiempo en estos "productivos" tiempos, pero, para mí, además de ser una actividad natural y de vital importancia para el correcto funcionamiento de la mente, es un delicioso placer. 

   Un placer que disfruto cada noche luego de un agotador día, en una suave cama que me espera para ser mi compañera durante las próximas 8 horas, y en la que pongo a prueba mi fe, pues quién sabe adónde iré al cerrar los ojos, o si los volveré a abrir.

   Ese momento previo a la inconsciencia, cuando sólo ¡me dejo llevar!, es el clímax de esta pasiva actividad, pero no siempre ocurre así. A veces, basta un pestañeo y el nuevo día ha llegado ya.

   —¿Pero qué? ¿qué ha pasado! ¡ah no, no quiero ir! ¡quiero ser vago! —me lamentaba entre sueños al escuchar a mi madre gritar muy temprano en la mañana para despertarme: "¡COOLEEEGIOOO!", con esa tonadilla que hasta el día de hoy me estremece cuando la recuerdo

   Así eran los tiempos "sencillos" en la pequeña y aletargada ciudad de Paramonga de fines de los 80, y principios de la década de los 90 del siglo pasado, ¡asu mare que viejo estoy ya!

   Catalogo aquellos años como "tiempos sencillos", porque mi única preocupación cada mañana era llegar a tiempo al colegio y sobrevivir dignamente en él, ¿que el conocimiento es poder? ja ja ja ¡nooo! las calificaciones eran lo más importante en mi entonces vida de "chibolo pulpín" (prepúber), lo demás era jugar y vivir como un animalito que vegetaba feliz entre la casa y el colegio que estaba a sólo 2 calles.


Paramonga, donde comenzó todo

   Ese reducido espacio-tiempo era todo mi mundo. Mundo que influyó bastante en mi personalidad actual, sumado claro está, a la formación que mis padres y mis hermanos mayores me dieron... quizá también jugó un papel importante mi gen egoísta, quien sabe.

¡Hora de batir las alas oe chibolo!

   La pubertad hizo algo más que alterar mis hormonas, alteró también mi mente. La "edad sencilla" llegaba a su fin, y surgían las primeras inquietudes y cuestionamientos al "sistema". Estas crecieron lenta y tímidamente cual pelos en mi virginal cuerpo, aunque no tomarían fuerza hasta cumplidos los 20 años.

   Mi pequeño hábitat seguía siendo el mismo, pero ya era consciente que pronto debía migrar a la gran ciudad de Lima, como mis demás hermanos, para continuar con mis estudios. No era algo muy pensado, yo no quería salir, pero se suponía que eso debía hacer.

   Conocía un poco Lima, esta metrópoli de cemento y asfalto, la había visitado fugazmente varias veces en compañía de mis padres. Lima me aterraba, me hubiera orinado de miedo sin la guía constante de mi papá. Sabía que algún día tendría que transformarme, para adaptarme a ese modo de vida tan raro que lograba ver por las ventanas del taxi mientras nos dirigíamos a la casa de mi abuela.

Camino a Lima, pasando por Pasamayo, una peligrosa ruta

   La gran cantidad de personas recorriendo sus calles fue algo nuevo para mí, y el fuerte olor de los gases de escape de los autos en algunos lugares era insoportable, pero a los limeños parecía no afectarles. La gente de Lima era algo extraña, a veces parecían de mal humor, algunas iban corriendo, otras miraban pero no miraban, otras dentro de los bulliciosos buses con rostros tensos y de pocos amigos, o durmiendo con la boca abierta.

   Las sonrisas eran escasas. Con ese panorama yo sólo deseaba terminar el paseo y llegar a la casa de mi abuela para ver la televisión. No existía la TV por cable aún, pero con una simple antena de conejo teníamos una imagen bastante nítida, a diferencia de Paramonga.


Lima es un desierto de cemento

   La periferia norte y el centro de Lima fueron los primeros lugares que descubrí. Sabía por los libros de geografía, que me encantaba releer, que toda la costa peruana desde Tacna hasta Tumbes eran un desierto. Paramonga quizás se mostraba un poco más amable al poseer grandes y verdes campos de caña de azúcar y otras plantas justo al lado de la casa de mis padres, casa que hasta el día de hoy rebosa de árboles y de vida, pero aún así el desierto se hacía notar en Paramonga, recordándonos que él manda por aquí.

   El desierto tiene un sobrecogedor encanto. La tierra seca y la arena entre los áridos cerros y el mar escandalosamente azul al otro lado, siempre me llamaron la atención. A veces imaginaba lo emocionante que sería caminar solitariamente por ahí. 

   Pero en Lima, el desierto cubierto de precarias casas y de suciedad daban a este entorno un horrible paisaje de bienvenida, "¡Ah no, yo me quiero regresar ¿cómo me bajo de esta vaina!", pensaba dentro del bus camino a establecerme en el año de 1992.

Lima y sus contraste (Foto: Internet)

   Y "aterricé" en el distrito limeño de San Juan de Lurigancho, específicamente en Mangomarca. Esta es una urbanización rodeada de grandes cerros y de casas construidas en las suaves pendientes. A mis ojos, este paisaje era como estar en otro planeta. No había nada familiar en aquel lugar, ni los olores, ni los sonidos, ocasionalmente oía el canto de un solitario gorrión, aquella avecilla lograba transportarme mentalmente por un momento hasta mi casa en Paramonga.

   No había mucho que hacer en Mangomarca, sólo jugar a ser un integrante de Locomía dentro de la casa (disculpen pero, ¡que huevón!) o tratar de hacer amigos. Los niños limeños se mostraban extremadamente despiertos, astutos y con algo de malicia, no pude congeniar con ninguno.

   Zárate, nombre de una zona comercial en San Juan de Lurigancho, era donde se podía acceder a los placeres citadinos: Restaurantes, bares, tiendas de ropa, mercados, bazares, tragamonedas, etc. Era el lugar que más terrorífico que había visto hasta ese momento. Pocas veces me atreví a recorrer sus calles ausentes de vida no humana. Allí no había rastros de vida vegetal, ni animal. Era un espantoso desierto de cemento. Lo pensaba en aquel tiempo y lo sostengo en la actualidad.

Edificios históricos, ¡oye que bonito!

   Cuando descubrí el centro de Lima, mi percepción de la ciudad fue menos negativa, bueno, el centro era igual de desordenado, sucio y con mucha más gente caminando enloquecidamente por sus calles, eran como hormiguitas, pero luego hicieron su aparición los pintorescos edificios coloniales y republicanos de principios del siglo 20, ¡fue amor a primera vista! quedé maravillado.

   Los balcones, los adornos, los tallados, las formas, todo era muy bonito... "¡Lima! ¿qué te pasó?", es la pregunta que hasta el día de hoy me inquieta. Si antiguamente éramos tan imaginativos para construir edificios que combinan armoniosamente con los demás, por qué ahora somos tan simplones y hacemos todo parecer horrible, y no es algo exclusivamente de Lima, es un problema del Perú entero, ciudades de costa, sierra y selva convertidas cada vez más en cajas con ventanas sin pintar.

Eso si es bonito

   No dependía de mí visitar a voluntad esta bonita parte de la ciudad, las ocasiones eran escasas, sólo cuando mi padre nos invitaba a almorzar podía visitar la Plaza Mayor, la plaza San Martín e ir al cine Metro, o "jironear" por el jirón de La Unión, pero siempre tratando de obviar a la muchedumbre, y a los ruidos que trataban de captar la atención de todos para vender algún producto. Yo sólo quería concentrarme en las interesantes casonas.

   Fue todo lo que conocí de Lima en 1992, al final tuve que retornar a Paramonga ese mismo año, había perdido todo un periodo académico por diversos problemas personales. No pude soportar este "nuevo mundo", puede parecer exagerado, pero, en esos momentos sentía que mi vida se derrumbaba.

   Otra vez en casa, en la quietud de los campos de caña de azúcar, recordaba Lima: "¡Yo no quiero regresar allí jamás!", me decía a mí mismo, pero nuestra historia de amor-odio recién comenzaba y años después vendría lo mejor.


--> PARTE II <--




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