No todo sale bien en un viaje

Fotos CLD

   Amé estar en movimiento, y ser un forastero en los nuevos lugares que iba descubriendo, sin aferrarme a nada ni a nadie, ello me mantuvo con una imperturbable sonrisa. El adiós constante se transformó en una actividad que ya había dominado de buena gana.

Leymebamba, 7:30 de la mañana: Otra vez dentro de un bus esperando partir hacia un nuevo destino, con los sentidos más sensibles que antes y con la percepción del tiempo alterada. Los días no tienen importancia ya, ni siquiera los meses, sólo el sol y las estrellas dan algo de orden a mi vida, como a los antiguos peruanos. 

   Pero no soy bueno leyendo estos movimientos estelares, ¡uf!, se marchitarían mis cosechas si dependieran de mi nula habilidad chamánica, por eso las únicas pistas que tengo para saber en qué época del año me encuentro, son las señales que muestran las ciudades o pueblos a los que llego junto a Caroline, mi novia.

   Un árbol conífero, campanitas, guirnaldas, luces de colores, un gordo barbudo vestido con un abrigador traje rojo caminando por las calurosas calles en el pleno verano austral... ummm debemos estar cerca a la Navidad. El viaje se inició en octubre, así que varios meses deben de haber pasado ya. 

   Estas señales navideñas fueron más claras en la selvática ciudad de Tarapoto, lugar que visitamos muchos días antes, pero en Leymebamba apenas si se nota este importado "espíritu navideño". Es bueno saber de lugares así, sin mucha influencia occidental.

   Hemos partido de Leymebamba con dirección a la ciudad de Cajamarca. Es 24 de diciembre y hemos decidido pasar la Nochebuena en esa ciudad. Aún no entiendo porqué lo hacemos, Leymebamba me parece un lugar mejor. 

   Quién diría que íbamos a vivir momentos un tanto desafortunados que afectarían nuestros espíritus viajeros, y Cajamarca fue el lugar donde nuestro viaje, nuestro mundo de fantasía, empezaría a desvanecerse para posteriormente diluirse en Lima.     

La suerte de un rompedor de espejos profesional

   Con los boletos en la mano y esperando partir sin demora muy temprano esa mañana dentro de un pequeño y viejo bus, recordé que esta rústica y media informal empresa de transportes nos había asegurado que este era directo a Cajamarca. Les creí, y no tuve motivos para dudar de ellos.

   Horas después, nuestro bus avanzaba temerariamente entre verdes montañas y nubes que hicieron difícil saber si íbamos por tierra o volando. Pasamos por muchos encantadores pueblitos de montaña. El viaje tuvo un buen ritmo, pero sólo hasta el pueblo de Celendín, donde nos detuvimos.

—¡Hasta aquí no más llegamos señores! ¡bajen! 
—¿Qué? ¡pero si nosotros vamos a Cajamarca, hemos pagado por ello!
—¡A ver! ¡bajen, bajen!, para los que van a Cajamarca, creo que ahorita viene una combi que los llevará nos dijo el chofer como si estuviera haciéndonos un favor.

   Trataba de no ofuscarme, normalmente en los viajes largos suelo estar un poco más irritable si algo no sale como lo espero, pero también estaba cansado y bastante ansioso por llegar y pasar tranquilamente la Nochebuena en Cajamarca. Felizmente, para mi hígado, no hubo necesidad de enojarme y reclamar, pues en apenas unos minutos, nuestro nuevo transporte llegó, una pequeña combi.


Camino a Celendín
Camino a Celendín

   Hecho el trasbordo de gente, maletas, mochilas, costales y demás cosas, iniciamos la segunda parte del viaje, que a pesar de la suave lluvia que empezaba a caer, estuvo envuelta en una atmósfera cordial y juguetona entre los pocos pasajeros y el chófer. 

   Minutos después ya estábamos en las desoladas planicies de la puna. Yo sé que el soroche o mal de altura afecta sólo a los seres vivos, jamás se me cruzó por la cabeza que una combi pudiera contraer este mal, pero eso ocurrió, la combi se "ahogó" y luego ya no quiso avanzar más.

   Al principio lo tomamos con buen humor, estar en medio de la nada entre el ichu y la lluvia no nos pareció importar, sin embargo el tiempo transcurría y los esfuerzos del chófer para arreglar el problema no daban resultados. Yo también tuve que ayudar ajustando algunos cables, quedando empapado en el proceso.

   "Es la manguera del carburador, se rompió y he tenido que improvisar con una abrazadera, espero funcione", fue lo único que nos dijo el preocupado conductor. En varias ocasiones el motor daba signos de vida, pero la combi sólo se movía 2 metros y volvía a desfallecer, mientras, el frío ya se hacía notar.

   La desesperación llegó pasada la hora y media, en ese lapso sólo cruzó un auto que llevaba prisa y nada pudo hacer. Una de las señoras en la combi sugirió parar al próximo auto o bus para convencerles de llevarnos cual ganado. Ningún alma pasó.

   De la desesperación pasamos a la resignación al notar que ya oscurecía: "Pasaremos navidad aquí pues", dijo otra señora y comenzamos a reír, ¡y tenía razón!, ¿qué podíamos hacer?

   Casi dos horas transcurrieron, ya nadie quiso salir a detener los escasos autos que cruzaban cual fantasmas bajo la lluvia, pero de pronto, el chófer tuvo un golpe de inspiración celestial, salió hecho un loco de la combi, abrió el capó, golpeó algo con una piedra y volvió al asiento para tratar de encender el motor. Su idea era llegar a una zona que según él, era de puro descenso, "estamos cerca ya", nos dijo.

   Como decimos en mi familia, en aquel momento todos en la combi estuvimos "pujando" para que prendiera la condenada máquina, y finalmente, ¡arrancó!, parecía que la combi se había recuperado, aunque por momentos sentíamos que el motor ya no daba más, fueron momentos tensos antes de llegar a nuestro objetivo, la zona de los descensos, "¡vamos que se puede!" gritábamos, mientras yo seguía "pujando" al borde del pedo.

   Por fortuna, llegamos a destino vivos y coleando, la combi no se detuvo más, y no tuvimos otros problemas durante el resto del viaje. Ya en Cajamarca, sólo contábamos con sólo media hora de luz solar para encontrar alojamiento en la extrañamente deshabitada ciudad.

Ciudad de Cajamarca
Cajamarca al día siguiente

   Algo que aprendí en este viaje largo, fue a no llevar cosas innecesarias en la mochila, como les conté en una entrada anterior, yo era nuevo para los viajes, y mi mochila barata estaba llena de ropa que casi no usé, y a ese peso se sumó el de las conchas, piedras, arena y demás cosillas que iba recolectando durante mi paso por las playas de Ecuador

   El peso extra me estuvo resquebrajando la columna vertebral, y a esas alturas del viaje mi cuerpo me lo hizo saber mientras andaba buscando alojamiento, pero no podía quejarme por el dolor, ¡no delante de Caroline! que también estaba estresada al no encontrar un buen lugar para pasar la noche.

   La lluvia continuaba y no había vacantes en casi todos los hospedajes, y otros eran demasiado caros. Llegamos incluso a ingresar a un edificio que parecía ser un hostal, pero sólo era un lúgubre local comercial. Al salir, una curiosa señora nos llamó desde la puerta de su casa, al otro lado de la calle. 

   Caroline se encargó de explicarle el problema, y mientras ella hablaba, yo pude ver desde su puerta, algo del interior de su casa. Un árbol de navidad, luces multicolores, y el reconocible aroma del pavo recién horneado. La nostalgia por mi familia me invadió en ese instante, que sumado al dolor de mi espalda, casi me hacen llorar como a un niño, pero me contuve. 

   Nuestra fortuna pareció cambiar al llegar a la plaza Mayor de Cajamarca. Encontramos un buen hospedaje a muy buen precio, 30 soles con café incluido. Sólo faltaban unas horas para la Nochebuena y yo quería que fuese realmente así. 

   Después del reponedor café del hospedaje, nuestro ánimo mejoró, tan bien nos sentimos que salimos a comprar un vino para alegrar un poco la noche y liberar tensiones. Conseguido el vino buscamos un lugar donde comer, pero casi todos los negocios estaban cerrados, era mi primera navidad lejos de mi casa, así que todo esto era nuevo para mí.

   Nuestra cena navideña fue dentro de un chifa (restaurante de comida china en Perú), nos pareció un buen lugar. Aliviados empezamos a beber nuestro vino mientras nuestra orden llegaba. Poco tiempo después los "manjares" fueron servidos, y al comerlos estos tenían mal sabor, ¡oh por todos los quesos cajamarquinos! ¡la comida estaba malograda! 

—Etá ben, no maloglado —nos respondió el mismísimo cocinero chino con su escaso español.

   Yo no pude seguir comiendo, pero Caroline continuó, ella no quiso dejar la comida, yo sé que tiene un estómago fuerte pero también tiene un límite de tolerancia y no tardó en ponerse mal al volver al hospedaje.


En Cajamarca
Al día siguiente tratando de poner la mejor cara

   Y allí estábamos, ella con nauseas, y yo cansado y con melancolía navideña, pero no sólo era yo el que recordaba y extrañaba a la familia en esa fecha tan especial sino también Caroline, a la que traté de consolar lo mejor que pude. No quedaba más que tratar de dormir y dejar que esas fuertes emociones pasaran y se esfumaran al día siguiente. Había sido el día más emocional en todo el viaje.

   Al recostarme en la cama después de dejar a Carito durmiendo, no lo pude soportar más y lloré como una Magdalena, continuas y enormes lágrimas salieron desde lo más profundo de mi corazón atormentado, fue liberador después de tanta tensión. No fue una de mis mejores navidades, y no logré recuperarme del todo. 

   Cajamarca es una bonita ciudad, pero mis ánimos de forastero explorador se habían ido en ese momento, extrañaba a mi familia, extrañaba mi "burbuja", extrañaba ver a la misma gente en mi barrio, andar saltando de lugar en lugar perdió el encanto esa noche.

   Sabía que era momento de volver, y Caroline también, pero ¿qué pasaría con ella después? ¿qué pasaría con nosotros? En ese viaje tomé mayor conciencia de mis sentimientos y lo importante que es ella en mi vida.

   Sin su agradable presencia este viaje de meses no hubiera sido el mismo.


Continua aquí ---> Cajabamba, Lugar de las Miradas


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